Fue aproximadamente durante los años 1619 - 1620 en los cuales se produce el hallazgo de la imagen de la Virgen del Valle. Fue en una gruta, o sea, una hendidura en la roca que cobijó esa misteriosa imagen venerada por los nativos, antiguos y legítimos habitantes de estas tierras.

Cuando caía la tarde, un indio al servicio de Don Manuel de Salazar andaba por los ásperos parajes recogiendo alguna majada. Allí, en el silencio de la tarde, oyó unas voces y ruido de pisadas. Al escuchar esto, decide esconderse y esperar pacientemente para poder descubrir de qué se trataba.

Es así como vio a un grupo de indiecitas que caminaban recelosas, con cierto temor de que alguien las descubriera. El indio no entendió lo que sucedía, pero supuso que se trataba de algo muy importante, dado a que las indiecitas llevaban lamparitas y algunas fragantes flores de la montaña. Como ya era tarde, no pudo seguirlas, pero era tan grande la intriga que no podía dejar de pensar en lo sucedido.

Es así como decidió seguir investigando; volvió al amanecer del día siguiente y comenzó a seguir las huellas que habían dejado las indiecitas. Al caminar, se dio cuenta de que ese sendero era muy transitado. 

En indio, caminó unos cinco kilómetros desde el pueblo de Choya, y subió la quebrada como unas quince cuadras, cuando de pronto vio en una pendiente muy inclinada y a unos siete metros de altura, un nicho de piedra muy bien disimulado. Hacia allí se dirigían las pisadas. Al pie del nicho había ramas quebradas, restos de fogatas y hasta señas de que se realizaban bailes tradicionales.

Todo esto aumentaba su curiosidad y su afán de descubrir el misterio lo llevó a trepar hasta el nicho. Y  con asombro, vió que al fondo se descubría una imagen de la Santísima Virgen María. Era pequeñita, muy hermosa, era como las que había visto en la casa de los españoles, de rostro moreno, y tenía las manos juntas.

Seguramente pasaron algunas semanas, quizás varios meses, hasta que el indio, seguro de su descubrimiento, le cuenta todo a su amo. Le dijo que había visto a la pequeña imagen, que estaba allí entre las piedras, que era morenita como los indios y que por eso la querían, y que él también había aprendido a amarla.

¿Cuándo y cómo llegó allí la imagen? ¿De qué factura o procedencia es? Todavía, al día de hoy no lo sabemos con precisión. Solo se puede conjeturar sobre su origen a partir de algunos datos históricos y del estudio artístico iconográfico de la imagen.

Profundamente interesado, Don Manuel de Salazar, averiguó una y otra vez los pormenores del descubrimiento de la imagen. Se preguntaba si realmente existía una imagen de la Virgen María o si todo esto no sería causa de que los indios volvieran a sus antiguas idolatrías. Muchos fueron sus pensamientos acerca de lo relatado por el indio y decidió cerciorarse personalmente yendo al lugar donde decía su servidor había visto la imagen.

Manuel de Salazar salió con el nativo, desde su vivienda en la población de Motimo, hoy San Isidro, y se dirigió con su guía e informante hacia el lugar y el nicho mencionados.

Los pobladores choyanos, conscientes de que el anciano Salazar vendría en cualquier momento al sitio en que veneraban la imagen de la Virgen María, y pensaría que ella se encontraba abandonada, en un lugar indigno y se la llevaría, los tenía realmente muy preocupados. Al tomar conocimiento que el Administrador se dirigía al lugar, comenzaron a reunirse apresuradamente para defender su tesoro.

No sabían por qué, pero aquella imagen, morena como sus rostros, pequeñita y humilde como sus vidas ignorantes y sencillas, parecía volverlos dichosos y fuertes en esos años de opresión y dura servidumbre, bajo el dominio de los conquistadores españoles. Ella les brindaba la esperanza, la alegría, por eso no permitirían que se la llevasen. No tenían armas y en caso de tenerlas, no hubiesen sido capaces de utilizarlas ante aquel nicho lleno de luz para sus almas. Pero sí tenían, la súplica de sus varones, las lágrimas de sus mujeres y el rogar de los pequeños.

Y llegó Salazar hacia el anochecer, con el fin de sorprenderlos en lo que imaginaba orgía y desorden. Nada de eso, sí había un silencio expectante y un completo y verdadero recogimiento.

Al llegar el Administrador del Valle, trepa con el indio hasta la entrada de la gruta, y la encuentra tal cual el servidor la describiera. No cabía duda, era la Imagen de la Reina del Cielo en la soberana advocación de Pura y Limpia Concepción.

De inmediato, determina no dejar un momento más la imagen en aquella agreste cueva. Los indios comienzan a manifestar su descontento y expresar que era suya, que la querían, que ella los cuidaba y defendía. Salazar insiste en la determinación y la resistencia de los indios es mayor. Comienzan las lágrimas y los ruegos, pero el conquistador colono se mantiene firme y allí mismo la carga y la lleva a su casa.

No hay ningún dato preciso para asegurar cuál sea el origen de la Imagen o cómo llegó a su gruta de Choya. Y así se podría repetir la exclamación de un talentoso historiador de la Virgen del Valle: “Esto no más constituye ya un auténtico prodigio”.

Sea lo que fuere en el orden del tiempo y de lo sobrenatural, con respecto al misterioso origen de esa Imagen de Nuestra Señora del Valle, para sus hijos catamarqueños, ella quiso estar y ser encontrada en la escondida gruta de Choya, con una finalidad determinada y precisa. Desde entonces, fue la luz y la felicidad de innumerables hijos de Dios a quienes no interesa su procedencia, ni las suposiciones sobre su historia. La sienten y conocen como Madre en las angustias, como un tesoro de incalculable valor en la pobreza, como un faro de Luz en el camino de la vida.


Fuentes:  Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda y https://morenitadelvalle.com.ar/sitio/historia/hallazgo-de-la-imagen/

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